viernes, 16 de julio de 2010

Cuento de Locos 2


El loco que creyó leer al que estaba loco

09 de agosto de 1989.-

Un reconocido médico se levanta de mañana. Toma el diario y lee los titulares. Le llama la atención uno en particular: “Interno se escapa de manicomio y muere en accidente de tránsito”. En breve comenta – ¡Qué tipos estos! Uno que se preocupa por todas las cosas, y ellos tan fácil tiran la rienda –. Prepara todas sus cosas y se dirige al trabajo.

Una tarde atareada, pero común. Estar a cargo de la salud de individuos no es cosa fácil, menos cuando estos mismos se proponen ser enemigos de la misma. Bueno, al fin y al cabo cada uno decide sobre sí mismo ¿no?

A partir de esta idea el médico comienza a indagarse si cada uno realmente puede decidir sobre uno mismo… ¿Qué le pasó al loco que tiró rienda suelta? ¿Se tiró por que él quiso?

Se propone releer la noticia, pero esta vez con atención. Buscando la vuelta a la locura del tipo, él es médico, si bien no entró en el campo de la psiquiatría algo puede concluir, algo puede argumentar. Son personas de sostén biológico, quizás algún déficit neuronal, o esquizofrenia. En todo el DSM-IV sería de auxilio, al menos referencial.

Después de leer la noticia, que con el mero título daba a entender que no entraría en el tema del interno (¿quién quiere hablar de locos? de su vida nadie). La noticia era el accidente, no el loco. Él médico comienza la búsqueda de archivos e información de este sujeto. A la vez que comienza a meterse en enredos consigo mismo.

11 de agosto de 1989.-

Se dirige al manicomio, como a nadie le interesa, seguramente acceso tendría. Más siendo un profesional en el área, algún argumento espontáneo, fortuito podría sacarlo del apuro. Y así fue, no había nada que no saliera de sus redes especulativas. Logró entrar, logró encontrar una carpeta con notas del loco en cuestión, logró lo que quería (como siempre lo había logrado justamente).

Dentro de la carpeta, no encuentra más que adornos burocráticos de relleno ilustrativo y bien enmendado, como para que no se cuestionara la imagen del loquito. Pero como anexo de un libro interesante, se encuentra un par de notas del suicida, las que seguirán como un genio maligno a la conciencia del médico.

La gente se conforma en sentirse feliz de soportar mentiras cotidianas, viviendo a expensas de las sombras, o bien siendo parte de esta”. – ¿Qué son las sombras? ¿Quiénes forman parte de estas? ¿Yo soy feliz siendo médico? –. Se pregunta, se clava una daga de interrogaciones y de paso un trago de cicuta.

Comienza un sorteo de preguntas intercaladas, un desfiladero de incertidumbres que mezclan entre deseos y fastidios a nuestro médico, se desvanece ante la duda.

Lo primero, o lo más fácil, en responder es: ¿es feliz ayudando a personas, o no?

Es su oficio, su profesión, para lo que estudió una maratón de horas cátedras, horas cafeína y horas nicotina, su fin que se propuso en algún momento era aquél, su función era aquella. Pero las sombras no tenían respuesta. O él no las podía ver, pensó – justamente siendo sombras no podría verlas, si no están a la luz. Puede ser que realmente estaba loco este tipo, y no controlaba su palabrerío; pero quizás también algo de aquello tenía un fundamento –. No sería una tarea fácil, menos tolerable para su ciclo onírico, del cual agregar un plus de reclamos familiares.

Él medico no volvió a ser igual.

16 de agosto de 1989.-

Tras horas pesadas de trabajo, problemas laborales, familiares, y más “ares” no tuvo tiempo de leer alguna otra frase de aquél profeta kamikaze. Pero se pone los pantalones en su lugar, y retoma frases de aquél susodicho. Estas letras comienzan a tener un peso desequilibrante que empieza a gustarle al médico: el silencio sabe dar más palabras que las personas.

Esto no encaja en ningún lugar, es decir, el médico se desorienta porque sabe que son tesis que algún momento se planteó pero nunca se atrevió a cuestionar, menos a pones en palabras. A la vez que se identifica con el loco, se desconoce. El martilleo interno lo turba nuevamente, pero esta vez está mas preparado, su comentario –Está lejos de ser un genio, es un loco. Pero no puedo negar que tiene ideas que alguna vez me vinieron a la mente. ¿Qué pasó en el camino? ¿Por qué el terminó debajo de un auto y yo arriba de un atuendo con estetoscopio?-. Cada vez creía menos en él mismo.

No se resigna en la búsqueda de respuestas, pero cada vez entiende menos quién es él, vive en sombras, no escucha al silencio, es médico.

24 de agosto de 1989.-

El horizonte es solo uno, los límites, las lágrimas, las sonrisas, la cabeza, es uno mismo… sobre todo cuando nos olvidamos de esto”. Comienza el enfrentamiento entre la conciencia médica y la letra de la locura, los besos de este judas.

– Es cierto, siempre me propuse ser una buena persona, ayudar a quién me necesite – se responde pobremente. Comienza a reflexionar, esta vez no sólo se adentra al pensamiento de las nuevas incertidumbres, sino que encerrado pero tranquilo, empieza una suerte de tesis y antitesis sobre sus razonamientos. – Es verdad, ayudo a personas, pero estas personas no se quieren ayudar. Cuando a alguien le digo que no consuma azúcar, a veces es peor porque pareciera que lo hace adrede. Cada uno se pone en plan de hacer de su vida una vida o más bien una bomba de tiempo –. Quizás sea lo mas inteligente que se le ocurrió, pero sigue –Es cierto que a veces más que pacientes tengo dinamita en forma de personas. Es cierto que no quiero crear el mal a nadie. Pero se enojan inclusive conmigo, o se cuestiona sobre mi saber, cuando yo soy el que tengo un certificado que describe porqué estoy encerrado en ese consultorio para “ayudar”­ –. Comienzan las críticas más severas y tajantes sobre su posición. – ¿Es cierto que soy médico? ¿Es cierto que me estoy volviendo loco? ¿Quién me engaña, yo siendo médico o la gente cuestionándome? –. El médico desea nunca haber encontrado ese maldito historial de ese maldito loco que de forma tan simple le revirtió su profesión ¡aún estando muerto molesta ese loco!

Realmente entró en problemas y trató de escaparse de todo lo que no lo hacía feliz. Dejó a la familia, inventó una excusa que lo sacara del apuro y se empeñó en un viaje a las montañas, en porfía de encontrar aquello que lo haga feliz, que no sea parte de la sombra, y aquello que el silencio le pueda decir.

Mes de septiembre de 1989.-

En medio de no se donde el médico comienza a pensar que va a hacer: o seguir en su búsqueda mítica espiritual o volver a ser lo que era, un médico. No tenía nada que perder, si seguía su vida anterior. Pensó que si seguía haciendo lo que él quería podía terminar siendo parte de un árbol de quebracho, o en el fondo de un arroyo como el musgo pegado. Pensó…

¿Qué realmente quería? ¿Quién me engaña, yo siendo médico o la gente cuestionándome?

Quizás elucidaron ideas que nunca mas surgirían. Comienza un planteo mas lógico de lo que él estimaba: – yo soy buen médico – pensaba – ¿pero para quién? para los algunos pacientes, algunos me dicen que lo soy y otros me dicen que no – bien… – yo soy bueno, ¿para quién? ¿para qué? como estudiante lo fui, como padre quizás no lo soy… yo…en definitiva… el otro dice que soy yo, si soy sombra o soy luz, si soy palabra o soy silencio, si soy medico o soy un loco –.

Entonces se plantea, si del engaño que no toleraba el loco (del que nadie lo comprendiera, de vivir las mentiras, de ser uno mismo), si esa mentira la tenemos todos – sí es verdad, todos vivimos engañados, pero tenemos que aprender a vivir con ello – La búsqueda mítica esotérica hasta exótica que se planteó en la naturaleza se cayó en pedazos, fragmentado comienza a elucidar más conclusiones recordando el final catastrófico del loco – si felicidad es hacer lo que uno quiere, seguramente terminaríamos todos pintados con una sonrisa abajo del auto. Para ese engaño hay que saber vivirlo y que éste no nos viva a nosotros –

Después de mucho tiempo, el médico ya en su casa, leyendo el diario encuentra una frase de Ernest Hemingway, que termina de consolidar sus ideas: Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar. Contento terminó su cigarrillo, hablando con el humo comenta – Por suerte nunca voy a poder responder a todo –.


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2 comentarios:

Horacio dijo...

Muy bueno, hay un par de pregunta que nos hacemos algunos con esto de vivir. Aunque no haya respuestas, quizás por eso escribimos, ¿no?, aún sabiendo que es una tarea titánica e inútil, en definitiva, para preguntarnos sobre nosotros.

Abrazo

Jorgen dijo...

Si Horacio, realmente la existencia para el hombre es un problema, como una vez hablamos sobre el tema de la muerte y la perpetuación de la existencia por distintas maneras, como las artísticas y culturales.