domingo, 29 de agosto de 2010

poema


Magdalena me llamaste un día,

y estúpida, te pensé libre de pecado.

No sólo tiraste mil piedras,

confundiste amor con censura,

con tal de cumplir fálicamente tu voluntad


Miro al cielo, y en este silencio

las estrellas siguen girando

¿por qué ninguna se detiene para mí?

Llévenme, alguna, la que sea,

hasta el rimel me subestima,

y no deja malear estas llagas, ni esta cicatriz.


Cruel censura,

que en el más ínfimo instinto

se devela la condición de mujer…

que inerva un infierno

en el que la noche es fiel espectadora


No me gustas cuando callo,

no porque esté ausente

sino porque en las sombras,

disparo huellas que recubre el olvido

mientras padezco, eso que los hombres llaman vida.

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