martes, 17 de julio de 2012

El balcón (cuento)


a mi soledad

Estaba parado en mi balcón (sobre Defensa, frente al Parque Lezama) contemplando el panorama de la tarde que, por fin, se moría en Buenos Aires. En una de las flameantes curvas de cemento, veo a un extraño acurrucado en una banca. No sería raro que yo termine así. Está bastante deteriorado por la urbe, no tiene rostro, sólo posee una boca en toda su cabeza. Boca que desata condenas a todos los males de la humanidad.
Por calle Brasil, una muchacha se arrimaba, con una marcha alterada. Ojos vendados, vaciaba a su alma desprendiendo penas de a gotas. Es joven y parece que ha perdido la sonrisa. 
Se tropieza con la banca... ese es el segundo... en el que el planeta comienza a cobrar sentido.
–Sólo tengo una boca para maldecir y garganta para beber– repite el acurrucado tres veces, moviendo la cabeza de un lado hacia otro. –Yo he decidido no ver a este mundo que todo lo hostiga– dice la ciega. Él no puede escucharla (sólo tiene boca), ella no sabe qué hacer (empieza a latir un corazón).
–No tengo nada que pueda regalarle a este mundo, por eso me dedico a tomar y beber– pronuncia el acurrucado con un leve tartamudeo. Es curioso, pero a estas horas, las aves se sueltan de los edificios para colmar de magia y vida al Parque.
Ella le toma sus manos, arqueando los brazos brevemente y los acerca. Él no entiende qué está sucediendo. La ciega ha dejado de llorar, pues siente que la están abrazando. Y de repente, al acurrucado le comienza a crecer un oído a un costado de su cabeza.
La muchacha ha recobrado su sonrisa. Con regocijo dice –gracias por esta compañía–, él interrumpe replicando –discúlpeme, pero quien recibió compañía aquí soy yo–.
Los cuerpos se aferraron uno al otro muy fuerte, de manera tal que sólo se veía una sola figura. Tanta fue la pasión, que estallaron los cuerpos de sangre, volviéndose una bandada de pájaros que terminaron enredándose por las sombras de la multitud.
Esa fue la primera vez que ví un milagro desde el balcón, esa noche me quedé mirando al cielo y decidí no suicidarme.

jn

martes, 3 de julio de 2012

Sombra


si mi voz
supiera tomar vuelo
y regresar
sin ripios ni bruma
tendría una brújula
de cerebro y
medicina
en el corazón


pero si tu cuerpo
esa mezcla de
fábula y literatura
fuera una
serie de libros
tendría un mar
de aves colmadas
de presagios/
voraces animales
que inventan
al regocijo del calor

          
           y a tu sombra
           hermosa
           inacabable


así como el viento
que no quiere palabras
así como el grito
de la ballena al ver
al cruel hombre
así como el pecho
sin aire y sin aliento así...

            estoy escribiéndote