miércoles, 4 de febrero de 2015

El Renault 12

El Renault 12
De vez en cuando la rutina me despierta con una alarma que tan sólo me avisa que es un día más, jueves, o martes, o lunes no importa. Día tras día transcurren las horas, vagas de pasión. Unas relojeadas a la ventana, mojarse el pelo, mirar fastidioso al espejo mientras escupo lo que queda de dentífrico y luego salir a trabajar. Caminar por las veredas agrietadas no es del todo molesto, es casi mecánico, y hasta casi me permite silbar alguna canción de la radio. Las persianas de los negocios se abren bostezando ganancias perdidas, y vaya saber si algo más. Hace unas semanas me convocaron para una reunión laboral, viste cuando sentís que algo hiciste mal, que te van a pegar un sopapo. Bueno, me equivoqué. Me querían contratar, eso quería decir mejor sueldo, mutual y laburo seguro para el año que viene; pero debía hacer una capacitación que no tenía extensión definida, podían ser dos meses como también cuatro.
El lugar de la capacitación era un colegio ubicado en Esquiu y 25 de mayo (casi en la esquina porque había un baldío al final), así que agarré la Arenales tempranito para no llegar tarde. Justo me crucé al Roque en el camino. Bajó la ventanilla de la Gacela y gritó “subí Negro, yo te tiro si vas para allá”. Empezaba bien el día, y dada la buena predisposición subí rápido al auto.
—¿Qué andas haciendo por acá Negro?— preguntó sin mirarme, claro iba conduciendo.
—Tengo una capacitación, mejora el laburo, así que tengo que meterle no más— le respondí mirándolo fijo.
—A vos te hacen capacitaciones acá, ¿te acordás cuando nos vimos en Buenos Aires?, esa vuelta por Palermo, viste, la diferencia con las empresas privadas es clara— replica orgulloso el piscuí.
—Bueno sí, yo siempre busqué por otros lados, y estas son las condiciones. Igualmente tan bien te fue, que te pagaban lo mismo y al final renunciaste… mucho ruido, pocas nueces— comenté sin resignarme a defenderme.
—Sí Negro lo sé, pero eso es lujo, estos te meten en una oficina a chupar mate lavado y escuchar cosas que ya sabés, si a vos te gusta... bien por vos— concluye el Roque, que era de esos tipos que nunca iba a perder una discusión.
Lo saludé con ganas de no volver a cruzármelo, aunque insistentemente me dijo que vaya a verlo, que Luciano está grande y tenía ganas de que juegue a la pelota con nosotros. Justo en ese momento, cuando uno menos se lo espera, parece que el mundo se detiene un instante. Hasta se me había ido el sueño. El Roque me dejó en Arenales y España, tenía que caminar dos cuadras no más y llegaba. Miro a la derecha para ver si no venía ningún auto y cruzar tranquilo la calle, nada. Miro hacia la izquierda y ahí estaba ella. Sentada de acompañante en un Renault 12, el vidrio estaba empañado y casi dude que fuera ella, pero me miró a los ojos (como antes) y su sonrisa, su hermosa sonrisa le atravesó el rostro cuando levantó la mano. Allí estaba irresistiblemente bella, con su pequeña mano levantada, blanca como la nieve, y sus ojos que nunca supe a ciencia cierta de qué color eran, a veces castaños, a veces tirando a verde esmeralda. Su cabello tampoco nunca supe su color original, y tampoco me importaba, lo único que quería era tenerlo de nuevo entre mis manos. Y fueron segundos idénticos a una cachetada que dolía incesante, sin embargo esa mañana de agosto volvía a ser una mañana cualquiera. Quedaban unos metros para caminar y seguir pensando.
Hace más de tres años que no la veía, sólo supe que había fallecido su padre y que ante un mensaje de mi parte sólo respondió por cordialidad. Pero allí volvía, otra vez hermosa e inexacta. Anteriormente me la crucé en la esquina, justo debajo del semáforo de la avenida Alem, tardé en reconocerla y cuando me vió dijo “¿cómo andás?” simplemente, el mismo “¿cómo andas?” que uno le dice a alguien que no conoce, el mismo saludo que se le hace a alguien que uno no quiere saludar. No fue que me dijo “¿qué hacés Negro?”, ni siquiera me llamó por mi nombre, aunque ella me llamaba por el apellido, no, me dijo no más “¿cómo andas?” y esa sorpresa me impedía responderle espontáneamente, sólo levanté la mano casi desencontrado. Pero todo tiene un fin, la puerta del colegio me avisaba que tenía que volver a mi tiempo y a mi espacio, y vérmela con la nueva capacitación.
—Hola Don, ¿cómo le va?— saludé al portero, sin esperar la respuesta. Hola, y más holas desinteresados. En la capacitación iban a tratar otra manera de tomar los ejes de salud y enfermedad en el tratamiento con adictos. Daba vuelta el mate y unas medialunas inorgánicas que todos gentilmente comían con la cara desfigurada. La coordinadora toma la palabra.
—Cuando hablamos de este tipo de enfermedades, los sujetos que la padecen tienen que aprender la realidad. Es decir tienen que poder diferenciar objetivamente los factores que le contraen aspectos negativos, y que le restan a su salud— repite religiosamente. La mayoría asumieron con la cabeza sin saber a qué demonios se refería. Siguió repitiendo con una marcha constante que se volvía casi un susurro, miré por la ventana y fue inevitable recordar el evento. Opté por volver a la capacitación e interrumpir, es muy fino el límite entre querer aportar y poder meter la pata, pero qué más da, ya no iba a perder nada.
—Señora discúlpeme, qué sucede cuando la realidad del adicto por más objetiva que se aprenda, o se aprehenda, no resuelva la enfermedad. Es decir, hubo un pensador que alguna vez planteó ¿cómo adaptarse a la sociedad, cuando es ésta la que está enferma?— increpé, quizá defendiendo algún resentimiento que no terminaba de digerir. La coordinadora pensó detenidamente, y no hizo más que volver a pensar en que la realidad es una sola y es la que vivimos todos los días, y no asumirlo era parte de un proceso de enfermedad.
Me sentí perplejo, no sé qué pasó. En fin, me comí otra media luna con mate lavado y seguí escuchando disciplinadamente callado. Al terminar nos saludamos con la coordinadora como si nos debiéramos algo, poco interesaba.
Volví a la caminata, y miré a la esquina otra vez. Nada. Así que regresé sin novedades a casa, a tocar un rato la guitarra y sacar a pasear a los perrunos. El nuevo encuentro de la capacitación era en tres semanas, pero “el encuentro” fue casualidad, esas cosas pasan una vez en un millón.
Pasaron los días y lo mismo de lo mismo: peineta, cepillo, mate, me afeité quién dice que hasta no me saca la mufa; y bueno, el bolso en orden, me puse una campera diferente y listo para salir a caminar. Esta vez me tomé un colectivo, no quería cruzarme a nadie. Me dejaba a unas tres cuadras, por las dudas respeté el horario del anterior encuentro casual, uno nunca sabe. Cuando iba llegando a la dicha esquina, me pregunté por qué había dejado de fumar y por qué no tenía algo en mano que pudiera reventar en mil pedazos. Transitaba lento mirando al reloj, y cuando no lo quería apareció el Renault 12, con ella… y con él, el conductor. Me metí rápido al colegio para que no me vieran, iban a pensar que era un paranoico, un maníaco, un loco de mierda y ni siquiera la había saludado, y tal vez hasta se haya  olvidado de quién era yo, si la última vez que me saludó, me saludó como se saluda a cualquier persona. Ahora sincerándome, ya no la quiero ver más a esa mina, no, por favor.
—Hola Don, ¿cómo le va?— saludé al portero, y entré al baño apresurado a lavarme la cara y a maldecirme un rato. Y cuando miré al espejo, despacio y constante iba creciendo su imagen alrededor del vidrio. La escuché recitando un poema que le había escrito, y al oír su voz fue inevitable: volvía con su sonrisa electrizándome, volvía con sus ojos verdes hermosos y distantes, volvían rastros de esa inmensa hoguera que era su departamento donde naufragamos noches enteras arrebatando flores al amor, volvía con sus ojos apresando al alba, volvía abriendo ventanas y corazones, volvía con sus labios mordiéndome hasta el aliento, volvía en forma de luna, de estrella, de flores, de infinitas hogueras, de risa y de esos cuchillos que te cruzan enteras las tripas, era Ella con su cuerpo de exilio y ese gusto a infierno que es la perdición. Y yo mirando desde las sombras, preguntando ¿podés decirme qué carajo pasó? Y cuando menos lo esperé, volvió a desaparecer: se fugó por el mismo lugar que vino y no ha vuelto a decirme adiós.


*Seleccionado para la antología Gonzalo Rojas Pizarro XI